Voy a contártelo: no soy muy dado a la palabra. Incluso hubo un período de mi vida en que no emitía ni una. No era por una traba psicológica y no creas que me causaba ningún malestar. Al contrario, me sentía a gusto. Los que no se sentían bien eran los que compartían conmigo su día o alguna parte del mismo. Mi silencio los incomodaba. Es que al silencio lo acompañaba una expresión deshabitada. Esa conjunción es lo que desorientaba. Ya sabés que el gesto también dice y ante la ausencia de palabras habladas, lo primero que la gente busca es captar las palabras del cuerpo. Estuve por varios meses mudo. Así, por la decisión propia de no decir. 

¿Indagas?… Veo que estás pensando con esa manera que tienen las mujeres y que tantas veces nos irrita a los hombres; en parte porque complejizan lo simple y en parte porque, en el fondo, adivinan nuestra vulnerabilidad. ¿Crees que hay algo más detrás de esto que te cuento?  Pues sí, tienes razón. 

El cigarrillo te va a matar, me decía ella. Yo le respondía siempre lo mismo: ¿Qué más da? De algo hay que morir. Y ella agregaba que no quería quedarse sola. Pero el que se quedó solo fui yo. Con menos de seis meses de preaviso, ella, que no fumaba, no tomaba alcohol ni comía carnes rojas y hacía ejercicio a diario, apenas tuvo tiempo para enterarse, caer en shock, llorar y morirse.   Por las noches me sentaba en el balcón, con mi silencio y mis cigarrillos. Era mi ritual desde que ella había muerto. Abría el día al tirar de la cintita roja que rasgaba el papel transparente de la caja de Marlboro. Cerraba el día cuando me fumaba el último de los tres cigarrillos en el balcón al terminar de comer y después de hacer un bollo con el paquete; desde el pasillo rumbo al baño, lograba embocarlo en el tacho de basura de la cocina. Miraba la abadía de enfrente. Con  luna llena o  relámpagos, las cúpulas se iluminaban como si fueran de estaño. ¿Que si rogaba, dices? ¿Rogar?  No, que repulsión. Ya no rogaba. Ya no perdía el tiempo y la dignidad en rogar a la nada. 

Suficiente. No preguntes más. Que tú y yo también somos una nada. Solo dos piezas del rompecabezas de la vida que se han encontrado. 

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Silvana S.