Astrid estira el brazo y agita la mano con movimientos cortitos y nerviosos. Es el tercer taxi que se acerca con la luz colorada de la banderita de Libre encendida.  Los otros dos habían seguido de largo sin notar las señas frenéticas de Astrid para que se detuvieran. Este parece que anda más despierto porque se detiene junto a ella. Con dificultad, Astrid logra abrir la puerta del taxi, cuidando de que las puntas de sus cuadros, enfundados en papeles corrugados beige y reforzados con cinta de embalar, no golpeen el piso. 

−¡Por Dios! ¿Cómo se me pudo hacer tan tarde? –se dice a sí misma−. ¿Cómo es posible que se me juntaran tantos contratiempos,  justo hoy?  Carlos, que había tenido que viajar el día anterior por un problema con la entrega de materiales en la estación de servicio que su empresa estaba montando en Córdoba; Nico, que había amanecido con vómitos y no estaba como para ir al colegio; y la empleada que llamó cuando faltaba un minuto para las ocho, para decirle que no iba a poder ir porque qué se yo qué. Al menos había tenido la decencia de avisar y no como otras que ni aparecen. ¡Menos mal que están las madres! Aunque a la vieja le había costado arrancar desde Villa Lugano, así, de improviso, cuando ya tenía su día organizado. ¿Organizado de qué? Bue…no importa, la cuestión es que  la vieja vino igual. Tarde pero vino. Y… por Dios… son las dos y cuarto y debería haber estado todo colgado en el Palais a las doce. 

−Ayacucho y Posadas, por favor –le dice al taxista−. Lo más rápido posible. 

Astrid hizo un chequeo rápido de su vestimenta. Se había vestido toda de negro. Seguro que así iba a estar bien. Con el negro una nunca podía fallar. A último momento se había acordado de meter un par de medias negras de repuesto en la cartera, tal como le había recomendado Analía, que tenía experiencia en engorros e imprevistos que pueden suceder en eventos. 

−Bien, llegamos. ¿Veintitrés con cuarenta? Tome. Quédese con el cambio que estoy muy apurada. 

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El reloj marcó la una en punto cuando el grupo de cinco jurados apingüinados empezó su recorrida. Tres hombres y dos mujeres. Seguidos por un grupo de personas que habían sido invitadas especialmente y que podían disfrutar de las obras expuestas con calma y sin apuro antes de que las salas se llenaran de gente. Se esperaba una afluencia importante para ese día. Se había hecho una difusión intensa y las empresas que auspiciaban la presentación de artistas noveles, que no significaba necesariamente jóvenes, habían utilizado todas las argucias del marketing para lograr el éxito. El jurado pensaba tener un veredicto de las obras premiadas antes de la apertura oficial al público. 

−Mmm… interesante… Falta concreción…. Mmm –se oían las voces eruditas−. Cinco pares de piernas deslizándose por entre las obras, deteniéndose frente a cada una de ellas, demorándose ante algunas. 

−Astrid Levanetti…. notable disonancia armónica entre el nombre y el apellido de esta artista −observó el jurado de mayor edad frente al cartel de la obra titulada Siete Puntos.

−Mmm…tan interesante como la coherencia en la composición de las líneas y en la sutileza del trazo −acotó el jurado de menor estatura, hombre de unos sesenta años, canoso, que emanaba un aire de académico estudioso de las bellas artes−. Estos siete puntos verticales, cortados inteligentemente por estos seis puntos horizontales −agregó mientras movía su brazo derecho dibujando en el aire las líneas de las que hablaba, a pocos centímetros de la pared que sostenía los clavos, separados cada uno entre sí por una distancia equivalente a un paso corto que Astrid había calculado con ojo de experta la tarde anterior.

−Destaco la bondad de los materiales −agregó la jurado de rulos y pollera larga violeta oscuro−. La utilización de clavos con cabeza plana no es una elección menor en la obra desde el punto de vista holístico. Fíjense que el plano de cada cabeza contrasta con la perpendicularidad del cuerpo… −explicó mientras ilustraba sus palabras con ademanes de sus dedos largos y blanquísimos que sostenían el clavo virtual al que aludía−. …que luego se repite en la verticalidad de estos siete puntos cortados por la perpendicularidad horizontal de estos otros −agregó.

  La segunda jurado femenina que había estado observando atentamente la obra desde una distancia de unos pocos metros como para abarcarla desde una mayor perspectiva, se acercó hasta casi tocarla. 

−El trazo fino de este lápiz negro para la unión de los puntos representa la inocencia, casi infantil diría, de la conectividad. Coincido en que la elección de materiales adquiere en esta obra una relevancia sorprendente. Lo básico, lo puro, lo espontaneo paradójicamente complejo y bello; la teoría plasmada en la intuición. 

−Señores −se acercó el encargado de la organización del evento, ignorando las reglas gramaticales de referencia al género femenino. El detalle no pasó desapercibido a la sensibilidad alerta de dos señoras que lo miraron con reproche− Quedan aún varias obras por ver y el tiempo es escaso. 

−Una artista con potencial arrollador −sentenció el quinto jurado que se había mantenido aun en silencio, absorto en sus propias profundidades, movilizado por la obra frente a sus ojos. 

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Astrid sube los tres escalones de entrada al Palais con apuro. 

−Soy Astrid Levanetti. Expongo hoy –dice casi sin aire y con apenas un hilo de voz.

−Pase señorita –indica el botones mientras abre con premura la pesada puerta verde de entrada. 

−Ya estoy muy tarde…

Astrid entra en el hall central. Apoya contra la pared sus cuadros embalados. Respira hondo, en un intento por recuperar la compostura. Inspirar, exhalar, inspirar, exhalar. Se lo explicó Analía. –Así uno equilibra la energía. Pero no demasiado ¡que si no te hiperventilás! –recordó la advertencia de su amiga−.  Se arregla la pollera y se estira las mangas del blaizer. Mira a su alrededor. Los amplios salones que convergen en el hall principal se dejan ver desde las gigantes aberturas. Ve al grupo de jurados frente a un cuadro de inconfundible influencia castagnina.

  −¿Dónde está el Señor Cozzio? −se pregunta Astrid mientras en su cabeza los pensamientos giran en busca de alternativas de acción y sus piernas se sienten débiles para sostenerla−. Un temblor interior, con epicentro en la boca del estómago le repercute por todo el pecho y le obstruye la garganta. 

−Astrid, Astrid −llama desde sus espaldas el organizador del evento mientras se acerca con pasos decididos y silenciosos. 

−Ah, Sr. Cozzio…se me hizo…. 

−Astrid  −la interrumpe−, Astrid, está usted nominada en la terna de ganadores.

 

Silvana S.