Ese día me paré frente al espejo del baño y cuando me miré la cara me di cuenta de que la tristeza me había vencido. 

A lo largo de la vida habíamos tenido muchas batallas, Ella y yo. Algunas veces con más fuerza y otras, más debilitada, pero siempre había sido yo soldado en pie. Pero esta vez, había dejado caer los brazos. Ya no hubo más ánimo para intentar mantenerla a raya, mucho menos para desplazarla. Ya no hubo más fuerza para sostener el optimismo o el pensamiento irracional de que las cosas se irían solucionando de manera satisfactoria. 

Lejos estaba el tiempo en que la alegría se había retirado del campo de batalla, consciente de que para ella no había lugar en mí. Entonces… ¿para qué resistir con tanto esfuerzo, como un soldado aislado, sin general? ¿Para quién peleaba yo? ¿Para el orgullo o sería por puro instinto de supervivencia?  Debería haberme dado cuenta tiempo atrás, cuando la alegría se retiró, de que ya estaba todo perdido. Pero no. Seguí luchando en solitario hasta que un torpedo de palabras de acero me dio de lleno en el corazón y, aturdida, tuve un instante de lucidez: me di cuenta de que Ella me tenía rodeada y de que no había para mí ninguna alternativa. 

Con esa nueva certeza llegué esa mañana al espejo del baño. Levanté la vista y en mi cara vi que Ella había ganado la guerra; se había coronado reina. Cara delicada, de pómulos marcados y mejillas pálidas, como si la parte interna de la boca se las hubiera chupado para dentro. Mis labios, que de por sí habían sido finitos, estaban casi desaparecidos en una línea curva descendente en los extremos. La nariz, armoniosa y delicada, se veía ensanchada, ya que tenía que hacer todo el trabajo de la respiración porque la boca no luchaba contra la fuerza de gravedad y no intentaba despegar los labios. Imperceptibles, estos habían adquirido el mismo color blanquecino que el resto de la cara, como si por detrás de la piel corriera muy poca sangre. Hasta las manchas en la piel que habían ido apareciendo con los años habían palidecido. Y los ojos… los ojos habían sido siempre mi punto fuerte, mis cartas ganadoras. Los demarcaba con kohl y les daba un efecto esfumado con sombra negra y gris, sumado a las pestañas con rímel. Se destacaban como los ojos de una efigie egipcia, solo que el color de miel almendrada suavizaba la mirada y le daba un brillo de transparencia ámbar irresistible. Ella sabía eso y por eso eligió los ojos para colocar su trono y lucir su corona con ostentación. Las pupilas se hicieron lejanas, opacas y húmedas  y los párpados se cargaron de un peso de arena. Ya no hubiera sido posible pintarlos sin tropezar con cientos de pliegues que hubieran transformado en mamarracho cualquier intento de embellecimiento. 

Abrí la canilla y con las manos me llevé varias veces agua fría a la cara. La piel se había llenado de pequeñas grietas que se negaban a hidratarse para recuperar turgencia. Tendría que hacerme a la idea de que a partir de ahora yo sería la Reina Tristeza.

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Silvana S.