—¡Callate! —dijo Cecilia sin levantar la mirada de la computadora en la que se entretenía con un videojuego−.

Él se dejó caer con todo su peso sobre el sofá. Una pluma salió expulsada del almohadón y se elevó en vuelo giratorio antes de desaparecer detrás del equipo de audio.

—Es más, desaparecé de mi vida —agregó escupiendo cada palabra como si fuesen dientes rotos. 

Pablo, su ahora adversario, agarró el control remoto de la televisión y lo tiró con furia contra la pared. El aparato se abrió, saltaron las pilas junto con pedazos de plástico negro.

— ¿Te volviste loco?

Con una mueca ladeada que intentaba ser una sonrisa, Pablo le retrucó: 

—Loco, pero no tonto.

Cecilia se levantó de la silla con brusquedad, empujando la mesa. El florero, con calas largas y blanquísimas, se tambaleó por unos segundos eternos hasta recobrar su inmovilidad. Caminó hacia la puerta. Agarró la cartera que colgaba del perchero.

—Voy a hablar con tu hermana —dijo él con tranquilidad, mirando fijo a la pared, su pierna derecha cruzada sobre la izquierda de manera masculina y su brazo, sobre el respaldo del sillón. 

Ya con una mano sobre el picaporte de la puerta de calle, Cecilia se frenó en seco. Se dio vuelta y lo miró directo a los ojos:

—Ni se te ocurra.

— ¿Ahora querés darme órdenes? —acicateó Pablo sin subir la voz y sosteniéndole la mirada.

Dejó caer la cartera al piso y empezó a caminar hacia la ventana, pero él le adivinó la intención. Con un solo movimiento se levantó del sillón, estiró su cuerpo para adelante y la agarró del brazo, tirándola hacia él. El impulso fue tan violento que ella se golpeó contra la mesa de luz y el velador se hizo pedazos en el piso con un ruido explosivo.

—Perra traicionera —dijo entre dientes. —Perra traicionera —repitió con voz más clara—. ¿Te creías que podías llegar al cortaplumas? ¡A Magoya se lo ibas a clavar! 

La agarró del pelo y le giró la cara para ponerla de frente a él. La miró bien fijo. Cecilia mantuvo la mirada, altiva, desafiante. La presión aumentó hasta hacerla torcerse de dolor. 

—Perra asquerosa. No tenés respeto por nadie. 

La soltó con desprecio.  Caminó hacia el baño mientras se abrochaba la malla del reloj, que se había abierto en el forcejeo. Cerró la puerta de un portazo. 

Cecilia se quedó quieta en el mismo lugar, dura. Escuchó el agua de la ducha que empezaba a correr sin interrupción. Después de un rato, movió un pie para adelante. Pisó los añicos de cerámica del velador. Dio algunos pasos crujientes hasta llegar al piso limpio. Se sentó de nuevo en la silla. Con los codos sobre la mesa, se agarró la cabeza y miró los destrozos de alrededor. En la pantalla de la computadora el videojuego había quedado congelado: GAME OVER −leyó−. Y con desesperación, comprendió. 

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Silvana S.