A las seis de la mañana, el médico llega a su turno en la guardia del hospital. Busca las historias clínicas de los pacientes ingresados y las va recorriendo con la vista. Se detiene en la historia del box tres. La enfermera le adelanta: 

  • Esta mujer ingresó ayer a las once de la noche. Todavía duerme. Pensamos que había tomado algún tipo de tranquilizante o pastillas para dormir. Pero no. Se hicieron análisis y está limpia.
  • ¿Cómo llegó? –indaga el médico−.
  • La trajo un familiar. Parece que vive sola y como no contestaba el teléfono se acercaron hasta la casa y la encontraron en la cama. No la podían hacer reaccionar y llamaron a la ambulancia. 
  • ¿Se despertó en algún momento?
  • No.

Empieza su recorrida. En el box uno, un hombre en observación por vértigo; en el dos, una mujer por arritmia; luego el box tres. Descorre la cortina con una cautela inusual. Lo impacta la sensación del lugar: como si estuviese vacío. En la cama, una mujer de alrededor de cuarenta años. La observa. El pelo largo, oscuro, a cada lado de sus hombros. El rostro pálido, muy pálido.  La boca cerrada, labios finos de un rosa imperceptible. Los párpados casi transparentes dejan adivinar unos ojos color miel. Le sostiene el brazo para tomarle el pulso. 

  • Qué mano delicada –observa el médico para sí−.  Pulso muy tenue. 

Contempla las venas azules que recorren la muñeca de la mujer bajo la piel translúcida como papel manteca. Con cuidado le acomoda el brazo al costado del cuerpo. La mira unos instantes más y desliza hasta el cuello la sábana que está a nivel del pecho. 

  • Qué no vaya a tener frío −piensa−.  

Lo busca la enfermera por la descompensación del paciente del box seis. Hacia ahí corren. Luego siguen varias horas de consultorio. De tanto en tanto, el médico asoma la cabeza en la sala de espera y ve las decenas de personas que aún esperan ser atendidas. Le da pena que pasen horas y horas en las sillas de la sala con sus dolencias a cuestas. Cuántas otras cosas podrían haber hecho esa mañana –se compadece−. Sin embargo, ahí mueren las horas. Le avisa a la recepcionista que va un momento a ver a los pacientes internados en la guardia. El box tres está vacío. 

  • La pasaron a un cuarto –le dice la enfermera−. No pudieron despertarla. 

Vuelve al consultorio y se sumerge bajo una nueva ola de consultas. Horas más tarde, listo para irse a su casa, decide pasar por piso a ver a la paciente del box tres. 

  • Buenas tardes, soy el médico de guardia. Quisiera saber en qué cuarto está la paciente que derivaron hoy a la mañana. 
  • ¿La bella durmiente? Habitación 205. Está el doctor Salinas con ella. 

Camina al cuarto, golpea suavemente la puerta y entra.

  • Buenas tardes, soy el doctor Irurtia. Quería saber cómo sigue la paciente.  La tuve esta mañana en la guardia.
  • Doctor Salinas, mucho gusto –se presenta el médico tratante mientras extiende la mano−. Todavía duerme. Sus signos vitales son débiles, dentro de los límites de la normalidad. Pero no logra salir del sueño. Lo que me preocupa son los análisis. Baja cantidad de glóbulos rojos. Como si hubiera hemorragia interna. Hicimos controles pero no encontramos nada. 

Irurtia se queda mirándola. Busca un indicio en el rostro demacrado. No tiene una expresión plácida. Quizás el ceño levemente fruncido, como en un imperceptible gesto de dolor. 

  • Bueno, doctor Salinas, me despido. Ojalá logre sacarla adelante. Ah, ¿no hay familiares? 
  • Sí, hay varios afuera de la sala. Me pareció conveniente no dejarlos pasar por ahora porque son…mm… 
  • ¿? –inquiere Irurtia con un levantamiento de cejas.
  • Pasaron todo el día llamando por teléfono a médicos amigos para que les contara lo que vamos haciendo. Cuando me negué, se molestaron. Me pareció mejor evitar el contacto. Necesitamos hacer varios estudios todavía. 

.

Unos días más tarde se encuentra en el ascensor con la enfermera del segundo piso. 

  • Hola, ¿qué tal? ¿Ya salió la bella durmiente? –se interesa Irurtia−.
  • No, no salió. Sigue internada. Está cada vez más débil y no dan en la tecla con lo que tiene. Cuadro compatible con hemorragia interna, pero no se encuentra nada. La transfundieron dos veces pero no se recupera, no sale del sueño. Como si fuera un envase roto que no retiene lo que le ponen. 
  • ¿Y la familia?
  • ¿No se enteró del revuelo?
  • No.
  • La familia hizo venir a todo tipo de consultores externos. El director médico está furioso. 
  • Estarán preocupadísimos. Es lógico, ¿no? –reflexiona Irurtia−. Después de todo, lleva acá cuatro días…, no, cinco días, y no solo no hay diagnóstico sino que empeora cada día.
  • Sí, es verdad –coincide la enfermera−. Será que una les agarra bronca porque son muy… no sé…. Se están ocupando de todo pero parecen como que les faltara calidez… sentimientos. 
  • ¡Pobres! –se conduele Irurtia−. Mañana me doy una vuelta a ver cómo sigue. Hasta mañana –saluda mientras sale del ascensor−.
  • Hasta mañana, doctor –se despide la enfermera−.

.

Al día siguiente, al terminar su jornada de hospital, Irurtia pasa por el segundo piso para ver a la paciente. No recuerda el número de habitación y entra en la sala de enfermeras para preguntar. 

  • No, doctor. La bella durmiente falleció esta madrugada. Con una hemorragia interna que nunca se encontró. Esta mujer fue un misterio. 

Perturbado por la noticia, camina hacia el ascensor y mientras lo espera se queda unos momentos mirando el piso. Recuerda el rostro pálido, el gesto de velado dolor aun en el sueño de días y días. ¿Qué habrá pasado dentro de ese cuerpo,  dentro de esa mente, dentro de esa alma? −piensa−. 

.

Es sábado e Irurtia pasa a buscar a su hija por la casa de su ex mujer para llevarla al zoológico. Recorren las jaulas de los animales. Le compra una manzana acaramelada que le ensucia las manitos y la ropa. Se sientan en unas improvisadas gradas para ver una función de títeres. 

  • ¡Qué bien hechos que están estos títeres! −piensa−. Cuando yo era chico eran cualquier cosa. ¿Te gustó, Maggie? –le pregunta a su hijita. 
  • Si, papi. Aunque el tigre se murió –responde su hija con forzada sabiduría, como quien quiere demostrar que comprende que la muerte es algo que sucede en la vida. 
  • Aunque no entendí de qué se murió –se sincera Irurtia− si no le pasó nada. 
  • ¿No entendiste, papi? Se murió de triste. Tenía lastimado el corazón. 

.

Silvana S.