Me detuve en medio del amplio corredor del shopping. Me sentía mareada. Las voces de la gente me ensordecían, llegando desde lejos, como si pasaran antes por un vacío que las mezclara y las escupiera con eco. Vi de reojo que las vidrieras me reflejaban, vulnerable y quieta, en medio de la gente que me esquivaba para seguir avanzando. Apuré la mirada hacia arriba. Los espejos del techo también rebotaron mi imagen, perdida en la marabunta con un gesto de desorientación y pánico. Con horror, vi que no había solaz en el cielo y busqué refugio mirando hacia el piso. El porcellanato desplegó su crueldad y me mostró tal cual estaba: desfigurada. Agarré con fuerza la cartera, como si ella pudiera sostenerme y una vez más mi táctica falló. Debo haberme tambaleado de manera notoria porque de pronto sentí que unos brazos firmes me sostenían y me conducían hacia un banco sin respaldo lleno de gente sentada con bolsas de todos los tamaños y colores. Vi que el bloque de gente se abrió al medio como las aguas del Mar Rojo frente a la presencia de Moisés y esos brazos fuertes, sin cuerpo ni cara, me depositaron a salvo en tierra firme. Me recosté boca arriba en el banco, apreté de nuevo con fuerza la cartera y me dejé ir. 

En un bote naranja y amarillo, la marea me mece en su cadencia hacia el mar abierto. Las gentes y las voces van enflaqueciendo en la orilla. Entre ellos y yo, una rompiente inofensiva de espuma. De espaldas al horizonte, veo las figuras que se van achicando. Las caras son óvalos que no se pueden descifrar. Los cuerpos ya no tienen género. Ahora sí, el silencio acaricia mis tímpanos. Miro a mi alrededor el mar sin tierras. Mi rumbo es claro y definido, opuesto a la orilla. Escucho en el aire una frase: “Soy rico en soles que guardo en mi alcancía del horizonte”*. La belleza de la imagen me envuelve y con textura de seda me cubre los hombros.  Entrecierro los ojos y me voy adormeciendo con el balanceo del agua. 

Los soles van cayendo uno a uno por la ranura del horizonte, sin apuro, como el goteo de un suero eterno. Cuando era chica, me contaban que si hacía un pozo profundo en la arena llegaría a ver a los chinos desde un agujero en el cielo. Cavaba pozos con afán, pero cuando ya acostada sobre la arena estiraba el brazo hasta el dolor y con la puntita de los dedos rascaba el fondo del pozo, indefectiblemente el agua brotaba y desmoronaba mis intentos. ¡Ahora sí lo voy a lograr! Salto del bote y me cuelgo de un sol que va pasando. Me acomodo entre los rayos, lista para emprender el viaje a lo desconocido. Así, calentita, finalmente puedo irme… irme… irme… Me voy, hamacándome en el sol… Inesperadamente algo arranca mis ojotas celeste nácar. Me pongo a llorar. ¿Quién robó mis ojotas perladas? 

Abro los ojos y veo mis pies desnudos sobre el piso naranja descascarado del bote. La costa ya está bastante lejos pero llego a discernir que alguien me hace señas agitando los brazos. La marea ahora me va acercando a la orilla. Eso me llena de decepción. La gente está agolpada mirando hacia el mar. ¿Para qué miran si no les importa a dónde yo vaya con mi bote? No me dejo engañar. Yo no les importo. Solo intereso en tanto mi aventura rompe sus monótonos existires. Ya casi llegando a la rompiente de espuma, las pinzas de lo que debe ser un cangrejo gigante me agarran por los hombros y me sacuden. 

– Parece que reacciona –oigo que alguien dice–. Está volviendo en sí. ¡Señora, señora!

¿Será a mí a quien llaman?

– ¡Señora!

Sí. A mí me hablan. Ya recuerdo. Estoy acostada en el banco del shopping.  –Estoy bien –me oigo decir–. No se preocupen. 

¿Estoy bien? Tengo los pies helados. No quiero abrir los ojos. No quiero ver lo que me quieren hacer ver. No quiero escuchar lo que tienen para decirme. ¡No quiero! Con los ojos cerrados, me paso una mano por la cara. Pongo los dedos mojados en mis labios. ¿Las lágrimas son tan saladas?

*Frase de Carlos Páez Vilaró. Artista plástico uruguayo (1923-2014).

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Silvana S