Otra vez camina por el techo. En cualquier momento aparece colgando en la ventana, una cola en punta de flecha, carnosa, sin pelos, naranja marrón, balanceándose con ritmo de espera, sobresaltando con latigazos. Un paso en el techo y la chapa que cruje. Otro paso, de plomo. El ladrido del perro. Ladrido, aullido, aullido, auuuullido. Los pasos sobre mi cabeza. La chapa cede ante el peso y vuelve a crujir. Acecha. ¿Qué espera? Se aleja hacia el borde del techo. ¿Se va? Una campanada. Las patas, ¿son dos?… ¿son cuatro? Los pasos recorren la periferia del cuarto. A veces livianos, rozan el zinc. A veces pesados, me aterran. El perro que no calla. Otra campanada. ¿Solo una? Ahora silencio. Espero. No respiro. Afino el oído. Silencio espeso. El perro no ladra. Callaron los grillos. ¿Las ranas? Mudas. ¿Sigue allí?  Me gana un parpadeo. Tengo frío. Cierro los ojos. Mañana volverá.

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Silvana S.