Quedó paralizado. El garrote cayó con toda fuerza sobre su cabeza. No exactamente en la cabeza. En la nuca. Le dio en la nuca.  

Estaba parado en el escenario. La negrura total lo circundaba y con un foco que lo iluminaba sólo a él, era la estrella. Brillaba. Sentía que brillaba. Sonreía. Su propio brillo oscurecía el entorno.  No lo vio venir. O al menos eso se dice a sí mismo. Quizás en el fondo, lo esperaba. Quizás, creía que lo merecía. Quizás hasta le servía.  Y llegó de la mano de alguien que gozó. Le dio bien en la nuca. Lo volteó, lo desmayó, lo aniquiló. Pero late, todavía late. 

Me contaron, yo no lo vi. Me contaron más tarde cómo pasó. Tenía un traje negro. Se confundía con la negrura del escenario. Pero la camisa blanca cegaba. Era intensa. Hasta podría asegurar que era inmaterial y eso que no lo vi. Pero lo veo hoy. Su rostro estaba claro; nítido. Era él. Era inconfundiblemente él. Dentro de él, el personaje. Las manos también resplandecían; surgían de los puños iridiscentes de la camisa blanca. Las manos hablaban a dos voces, ¡qué digo! a tres voces, a mil voces. Espontáneo, miró de frente al ejecutor. Y aun así, el garrote le dio en la nuca.  

 !Mamá, mamá! !Me pegó! 

 !Mamá, mamá! !Me dolió!

 ¡Mamá! ¡Abrió el torrente de todas las heridas 

 y me desangro!  

 ¡Quiero llorar!

– Llorá, hijo…

¡Quiero llorar, llorar, llover, escurrir, 

vaciar, drenar, limpiar, llorar, llorar!

-Llorá, hijo, llorá…

          Creo que me mató, mamá. Me mató. 

.

Y sin embargo late.  Todavía late.      

.                           

Silvana S.