Entré en el cubículo de terapia intensiva. Corrí la cortina con mucho cuidado de no hacer ruido, para que no se despertara si dormía. Quiero ser sincero conmigo mismo. En realidad, corrí despacio la cortina para demorar un pequeñísimo instante más la visión, para espiar con cautela y de a poco lo que fuera a aparecer. El sonido de la respiración a través de la máscara de aire, el bip bip rítmico de un aparato midiendo alguna función vital, mi padre pálido en medio de la cama, los ojos cerrados, los tubos como tentáculos invadiendo su cara y desapareciendo debajo de las sábanas. Me senté en la única silla, dura, desnuda, helada. ¡Qué frío que hace acá! Parece que estoy en un freezer.

 −Enfermera. ¿No se puede subir un poco la temperatura de este lugar? Mi padre está pálido… Sí… ya sé… no es del frío. ¿Duerme? Ah… está dopado. Bueno, mejor, así no sufre.

Papá, mi querido papá. Nunca te llamé “viejo”, cosa rara. Todos mis amigos hablan de sus viejos. Incluso mis hijos me dicen viejo, cariñosamente. A mí nunca me salió llamarte así. Será que no te veía viejo, que no te sentía viejo. O será porque a tu lado yo siempre me seguí sintiendo como un nene, a pesar de mis cincuenta y siete años. ¿Querrá decir que no crecí? Ahora estamos ambos con un pie sobre el escalón siguiente, el irremediable escalón siguiente. Vos, a la puerta del cielo, o del infierno, no sé. ¿Quién te juzgará? ¿Cómo se decidirá ahora tu destino? Y yo, a punto de pasar a ocupar mi lugar temporario en el último escalón de la vida. Siempre tuve la clarísima sensación de que cuando una generación se va, las otras suben un escalón. No hay opción, no hay alternativa, no hay elección. Así lo sentí cuando murió la abuela. Se me llena la cabeza de preguntas. ¿Cuáles fueron tus sueños? ¿Los lograste? ¿Qué fue de ese chiquito descalzo sobre la tierra caliente que vi tantas veces en las fotos? ¿Sigue con vos, en vos? ¿Te quedó algo por hacer? ¿Te quedó algo por decir? ¿Te arrepentís de algo? Veo que a medida que pasa el tiempo cada vez voy haciendo menos aseveraciones y tengo  más preguntas. ¡Pero si hasta me cuestiono las mismísimas preguntas! ¿Para qué serviría ahora saber las respuestas? Me parece tarde. Ya nada se puede hacer con los arrepentimientos, con lo que fue y con lo que no fue. Te di tantas oportunidades para hablar. Te busqué directa e indirectamente, con sutilezas y con frontalidades. Pero no agarraste ninguna. Quizás ahora que sabés que ya no habrá otra oportunidad, quizás ahora, quizás por eso, tal vez querrías decirme algo más. Pero, ¿sabés qué? Ahora soy yo el que no quiere preguntarte. Ya no vale la pena, la nueva pena. De este modo, me quedará la pena por lo que no se dijo. Pero es una pena conocida, con la que convivo desde hace tanto tiempo. Si hoy te preguntara y vos hablaras, se estaría abriendo una compuerta a un caudal de emociones con las que ya no podría hacer nada, porque ya no las podría compartir con vos. Entonces no. Ahora ya no. Ya es tarde. Creo que hiciste lo que creías correcto; obraste siempre según tu buen entender. Imagino que no tuviste la más mínima conciencia del daño que muchas veces me hacías. Porque estoy seguro de que de haber tenido al menos una intuición de mi dolor, no hubieras actuado como lo hiciste. Tantas veces quise que te enteraras de lo que sentía, pero no pudiste escuchar, o no quisiste. Oídos tapados los tuyos. O idioma incomprensible el mío. Hoy ya está. Me quedo con lo mejor que me brindaste. En este silencio que dentro de muy poco pasará a eternizarse, te agradezco todo lo que me diste. No quiero reclamar lo que no recibí. No sé de dónde saqué la idea de que tenía derecho a ello. Una vez adulto uno debe hacer su vida. ¿Ves? Esto me demuestra que, efectivamente, no había crecido y que aún esperaba la aprobación y la contención paterna. Mirá cuándo me vengo a dar cuenta. Tarde, también tarde. Demasiado tarde. 

Hijo, qué bueno que viniste a despedirte… Aunque preferiría que ya te fueras porque me incomoda que me veas así de vulnerable e impotente… Preferiría dormirme tranquilo e irme durante el sueño y ya no enterarme de más nada. Estoy asustado. Sé que me estoy muriendo… Quisiera poder decirte algo, un adiós memorable con alguna enseñanza, algo que quede en el recuerdo. Pero no puedo pensar, no puedo hablar, solo quiero dormir… ¿Será que vos querés decirme algo?… Siempre fuiste tan parco, tan distante, pero quizás ahora, frente a mi partida… quizás ahora te decidirías a romper esa coraza que te creaste. Sé que tenés reproches hacia mí. Vistos desde tu perspectiva deben ser válidos, pero yo miro desde mi balcón. Ojalá pudiera explicarte que es mejor seguir para adelante y no llorar sobre leche derramada, pero… ahora, solo quiero dormir. 

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Silvana S.